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miércoles, 29 de mayo de 2013

El litoral malagueño está lleno de yacimientos subacuáticos en buen estado de conservación

Fenicios, romanos, árabes, militares de todas las épocas o industriales ponen cara a los miles de navegantes que se han dejado en nuestras aguas algo más que la vida y que han convertido a la costa malacitana en una referencia internacional

Javier Noriega se mueve como pez en el agua en los asuntos de patrimonio subacuático. Su empresa, Nerea Arqueología Submarina, es un buque insignia en aguas nacionales e internacionales cuando se trata de vigilar, cuidar y conservar. Por eso el joven empresario no lo duda ni un momento a la hora de recurrir a un símil que ilustra de forma cristalina la riqueza que esconde nuestra costa: «Andalucía es un punto caliente. Imagina -invita- una carretera por donde forzosamente ha de pasar todo el tráfico y en la que existen muchos puntos negros. Esos accidentes, los que se han producido a lo largo de los siglos en esa carretera que es toda la zona que discurre entre el Mar de Alborán y el Estrecho de Gibraltar, siguen ahí, bajo el mar, diseñando un mapa plagado de restos arqueológicos». La historia le da la razón a Noriega: fenicios, romanos, árabes, militares de todas las épocas o industriales ponen cara a esos miles de 'conductores' que se han dejado en nuestras aguas algo más que la vida y que han convertido al litoral malagueño en una referencia internacional.

Entre todos han escrito una historia que discurre paralela a la de tierra firme pero que permanece sumergida a ojos de la sociedad. «Los malagueños no conocen el patrimonio de nuestro litoral», lamenta el alma mater de Nerea, que sostiene que la ciudad ha acusado el hándicap de vivir durante años de espaldas al mar a pesar de haber sido un puerto de referencia en muchas épocas.

No en vano, la historia de Málaga está salpicada de detalles de beben de los avatares marítimos que ocurrieron frente a nuestra costa. Delante de nuestros ojos. ¿Sabía, por ejemplo, que el título de Muy Hospitalaria que luce en el escudo de la ciudad tiene su origen en un naufragio, el del Gneisenau, en cuyo rescate participó un buen número de malagueños? ¿O que en la costa de Vélez Málaga tuvo lugar en 1704 una de las batallas navales más importantes de la historia de España, en la que participaron casi el doble de naves que en Trafalgar, muchas de ellas hundidas para siempre en aguas de la Axarquía? ¿O que, en fin, el dicho de «estás más perdido que el Barco del Arroz» responde al naufragio real de este carguero en la zona de Calaceite? Las anécdotas y curiosidades se cuentan por cientos, casi tantos como los restos que investigan sin descanso la docena de profesionales que trabaja bajo el paraguas de Nerea, una empresa que nació en 2003 como una spin off de la Universidad de Málaga y que presume de contar entre sus numerosos reconocimientos con la máxima distinción que concede la Unión Europea a empresas socialmente responsables (2009).

Un trabajo de todos

La iniciativa privada es, en este sentido, una de las tres patas sobre las que se sustenta la ingente labor de protección del patrimonio subacuático y que se completa con la labor de la administración pública y de la propia universidad. «Es el triángulo ideal para obtener los mejores resultados», insiste Noriega, acostumbrado a trabajar codo con codo con los especialistas de Cultura de la Junta de Andalucía o del Ministerio, el Seprona -la unidad de la Guardia Civil que vela por la protección del medio ambiente y el patrimonio- o los Geas (Grupos Especiales de Actividades Subacuáticas).

También ha hecho este joven empresario malagueño un buen equipo con José María Lancho, abogado especializado en patrimonio sumergido. Sin el concurso de ambos, el agotador litigio contra los cazatesoros de Odyssey se hubiera resuelto de una manera menos favorable para España. Porque tras el frío titular de que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos daba la razón a España en la titularidad del tesoro de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes hay una historia de película de piratas en la que tanto Noriega como Lancho tienen mucho que contar. Su labor anónima en defensa de este tesoro de titularidad española ha discurrido por un sinfín de escenarios legales en los que aún anda embarcado el propio Lancho. «Nos hemos conformado con el fallo americano, pero no ha habido una sentencia ejemplar contra los cazatesoros. Las autoridades se han limitado a reclamar la devolución de los bienes y se está desaprovechando la oportunidad de continuar con el procedimiento penal en Europa». La queja del abogado, que reconoce que queda «poco margen» para reconducir la situación y que se corre el riesgo de que el delito prescriba, coincide con el diagnóstico de Noriega, que define a los expoliadores en términos de «depredadores de la historia».

«Ellos tienen el discurso de que el que llega se lo queda, y muchas veces incluso disfrazan sus campañas de saqueo de investigaciones científicas», añade el empresario malagueño, que se las ha tenido que ver en más de una ocasión con estos piratas sin parche en el ojo pero con las manos muy largas. Él mismo se personó como acusación particular en el caso Odyssey para impulsar el castigo penal contra los expoliadores y recuerda incluso que el pasado mes de diciembre la Armada española expulsó a un buque cazatesoros con bandera panameña a 30 millas de la costa malagueña. Lo cierto es que la zona de Mar de Alborán es muy golosa para los amigos de lo ajeno, ya que a pesar de que no existen cifras exactas de los yacimientos y de que sus coordenadas no suelen ser de dominio público, sí se calcula que en la zona hay unos 3.000 pecios.

La lucha contra los saqueadores es, en este sentido, una de las principales razones de ser de los vigilantes del mar. Pero no sólo se lucha contra grupos más o menos organizados como la empresa Odyssey. También contra personas anónimas que durante una inmersión deciden llevarse un 'recuerdo' para casa. De eso sabe mucho el capitán Alonso, del Seprona, con cuyo equipo peina tierra y mar para proteger la extraordinaria riqueza que se reparte a ambos lados de la línea de costa malagueña. «Sí, hay expolio en los yacimientos subacuáticos», insiste el mando de la Guardia Civil, que se refiere además a una «moda» que juega en contra de la conservación de los pecios: el buceo deportivo. «Ahora cualquiera coge una cámara y se pone a hacer fotos debajo del agua», admite Alonso, que recuerda que «es delito» -por lo tanto se castiga- llevarse cualquier objeto que forme parte de un yacimiento de estas características. Ojo también con compartir las fotos y las coordenadas de los restos en Internet o en redes sociales, un ejercicio muy común pero que puede reportar más de un problema al autor de las instantáneas.

En no todos los casos, sin embargo, concursa la mala fe del que se encuentra por azar con un resto arqueológico. «Hay muchos ciudadanos que nos avisan del hallazgo, o que denuncian inmersiones sospechosas», acota el capitán Alonso, que se felicita de que «ahora hay más conciencia social sobre la necesidad de proteger nuestro patrimonio».

La implicación de la sociedad civil es, precisamente, uno de los mejores antídotos contra los saqueos. «Y la malagueña es ejemplar». Así lo defiende José María Lancho, que por su larga experiencia como abogado especializado en litigios marítimos sabe bien que las leyes de protección de objetos «no se hacen solas, sino que tiene que ser un tercero el que defienda porque la Fiscalía no suele actuar de oficio». Así las cosas, las denuncias públicas y privadas y la colaboración ciudadana serán el primer impulso de iniciativas legislativas posteriores. «El patrimonio submarino es una responsabilidad de todos», zanja Noriega. Más claro, agua.

Via: Diario Sur

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